Mis confesiones

Mis confesiones

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Puesto en pie, extendía un brazo y preludiaba el canto. Cantaba con voz queda y cierto aire misterioso, abriendo mucho los ojos que se iluminaban de una claridad singularísima; los dedos sarmentosos de la mano que tenía extendida se agitaban constantemente, como si buscasen en el espacio un algo indefinible. Larión se apoyaba en la pared, acodándose en el respaldo de un banco, y abría la boca con aire sorprendido. Entretanto, acostado en la estufa, yo palpitaba de tristeza y emoción. La silueta de Savelko se me aparecía confusa, sólo distinguía el brillo de sus dientes pequeños y blancuzcos, y su lengua seca que se agitaba como una culebra. El sudor salpicaba su frente de grandes gotas. Su voz era sinuosa y nítida dando la idea de un arroyo fluyendo en la pradera. Terminaba tambaleándose y se enjugaba el rostro con el reverso de la mano. Luego volvían a las libaciones y quedaban silenciosos durante largo rato. De pronto, Savelko murmuraba:

—Oye, Larión; vamos a cantar «Las olas del mar».

Y así continuaban toda la noche, hasta que se emborrachaban por completo. Miguoune comenzaba entonces a contarnos historietas obscenas, cuyos protagonistas eran sacerdotes, propietarios y monarcas. El chantre y yo reíamos mucho. Savelko, inagotable, iba desenvolviendo sus anécdotas con tanta donosura que la risa casi nos ahogaba.


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