Mis confesiones

Mis confesiones

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En la taberna, los domingos y días festivos cantaba mejor todavía; y fruncía el entrecejo con tanta fuerza que las sienes se llenaban de pliegues. Más que de su pecho, la canción parecía brotar de la tierra, tan robusta era su voz. Los aldeanos formaban coro en torno de él; unos, con la cabeza gacha, mascaban uns brizna de paja; otros contemplaban al cantor con expresión radiante; a veces algunos lloraban.

Al final de cada canción le rogaban:

—¡Una más, hermano, una más!

Le servían de beber.

Se refería de él el siguiente caso. Había cometido un hurto y, al detenerle los campesinos, le dijeron:

—¡La cosa está clara! ¡Vamos a ahorcarte! Eres incorregible.

El acusado arguyó:

—¡Vamos, hermanos, no hagáis tantos remilgos! Habéis recuperado lo que os robé; luego, nada habéis perdido; además, hay siempre un medio de adquirir nuevos bienes; pero ¿dónde encontraríais un hombre como yo? ¿Quién os distraerá cuándo yo no esté aquí?

—Basta de palabras —le replicaron.


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