Mis confesiones

Mis confesiones

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—Dame un pedazo de pan; lo chuparé; me encuentro enfermo… Perdóname en nombre de Cristo…

Sentí que el corazón se me desgarraba de piedad. Oyendo aquel delirio, yo pensaba:

«¿Por qué estas cosas, Señor? ¿Por qué?»

Mardario murmuraba, con la lengua exhausta:

—Tengo los huesos quebrantados, de día y de noche. Tal vez me alivie, así que haya, chupado el pan. Me duelen tanto los huesos, que eso me impide orar. Y no obstante, conviene orar sin punto de reposo, hasta cuando se duerme, pues de lo contrario, el demonio viene a recordarme mi nombre, mi pasado, todo. Allí está, sentado sobre la estufa. El brasero está ahora caliente, a veces enrojecido; pero a él poco le importa, está acostumbrado al calor. Está sentado allí, borracho; le hago la señal de la cruz, para que se aleje, y no vuelvo a mirarle. ¡Es un fastidio! Unas veces se encarama por las paredes como una araña, otras flota en el aire como si fuese un trapo sucio. Se dedicará a muchas cosas, mi demonio. Se aburre conmigo; pero ha recibido orden de vigilarme y obedece aunque eso no le distraiga mucho. Ahora ya no me enojo con él: también él es esclavo. Me he habituado a su compañía. Le digo: «¡Vete, me molestas!» Y ni siquiera lo miro ya. ¡No es malo, pero no hace más que recordarme mi nombre!

El anciano levantó la cabeza y añadió con voz bastante fuerte:


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