Mis confesiones
Mis confesiones —¡Y me llaman Mikhailo Petrof Viakhiref!
Nuevamente se ovilló en su ataúd, susurrando:
—Una vez más vuelve a hablarme el demonio… ¡Eh, demonio! ¿Qué quieres? Y tú, ¿estás ahí, hijo mío? ¡Vete en paz!
Aquel día casi lloré de rabia. ¿Qué se proponía aquel anciano? ¿Qué belleza entrañaba su ascetismo? No entendía una palabra. Durante todo el día, y aun mucho tiempo después, imaginábame, al pensar en él, que un diablo me incomodaba a mí también, y me hacía muecas indecentes.
Al día siguiente llenéme los bolsillos de pan tierno, y salí con el corazón henchido de congoja y de odio contra los hombres. Al poner en manos de Mardario mi ofrenda, se puso a murmurar:
—¡Oh! ¡Oh! ¡Está caliente! ¡Oh, oh, oh!…
Removióse en su ataúd; las virutas crujieron, y ocultó el pan, repitiendo sin cesar:
—¡Oh, oh… oh!…
Y en torno de nosotros, las tinieblas y el moho, todo parecía estremecerse, mientras seguía resonando el vagido plañidero del penitente:
—¡Oh! ¡Oh!…
No le daban alimento más que cuatro veces por semana; era, pues, natural que tuviese hambre…