Mis confesiones
Mis confesiones Esa vez fue la última; no pronunció una sola palabra; se limitó a chupar el pan; es muy probable que le faltaran todos los dientes.
Al cabo de un rato de estar allà le dije:
—Perdonadme, padre Mardario, en nombre de Jesús. ¡Me voy para no volver! Os doy las más rendidas gracias.
—Soy yo quien te las da —replicó vivamente—, soy yo. No digas nada del pan a los monjes, porque me lo quitarÃan. ¡Son tan envidiosos! Los demonios los conocen también. Los demonios lo conocen todo…
Algunos dÃas después cayó enfermo, y murió. Se le hizo un entierro solemne, al que concurrió todo el clero jerárquico de la ciudad; los clérigos de la catedral se encargaron de oficiar la misa. ¡Más tarde, oà decir que todas las noches resplandecÃa sobre la tumba del anciano una claridad azulada sobrenatural!
¡Cuán lamentable y bochornoso era todo aquello!