Mis confesiones
Mis confesiones MI vida no tardó en cambiar de un modo repentino.
Cuando me ocurrió el caso desagradable que voy a relatar, Gricha no habÃa aún abandonado el convento. Cierto dÃa, al empujar la puerta de la despensa, vi en el interior a Mikha que, tumbado sobre unos sacos, se entregaba al pecado de Onán. Aquella escena me asqueó horriblemente; recordé las cosas obscenas que decÃa de las mujeres, el odio que les manifestaba; escupà al suelo y me eché hacia atrás, trémulo de cólera, de vergüenza y de amargura. Corrió tras de mà y cayó de rodillas, suplicándome que no lo denunciara.
—¡A ti también te atormenta «ella» por la noche! Lo sé; el poder de Satanás es muy grande…
—¡Mientes! —exclamé—. ¡Vete a todos los diablos, carroña! ¿Y eres tú el que hace el pan, perro?
No pude reprimir los insultos. Si no hubiera manchado a las mujeres con su vocabulario de estercolero, yo no le habrÃa dicho nada.
Y seguÃa arrastrándose a mis pies, encareciéndome el silencio.
—¡No se habla de cosas semejantes! —repliqué—. ¡Es demasiado bochornoso! ¡Pero no trabajaré más contigo! Solicita que me ocupen en otra cosa…
Insistà mucho sobre este punto.