Mis confesiones

Mis confesiones

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XII

MI vida no tardó en cambiar de un modo repentino.

Cuando me ocurrió el caso desagradable que voy a relatar, Gricha no había aún abandonado el convento. Cierto día, al empujar la puerta de la despensa, vi en el interior a Mikha que, tumbado sobre unos sacos, se entregaba al pecado de Onán. Aquella escena me asqueó horriblemente; recordé las cosas obscenas que decía de las mujeres, el odio que les manifestaba; escupí al suelo y me eché hacia atrás, trémulo de cólera, de vergüenza y de amargura. Corrió tras de mí y cayó de rodillas, suplicándome que no lo denunciara.

—¡A ti también te atormenta «ella» por la noche! Lo sé; el poder de Satanás es muy grande…

—¡Mientes! —exclamé—. ¡Vete a todos los diablos, carroña! ¿Y eres tú el que hace el pan, perro?

No pude reprimir los insultos. Si no hubiera manchado a las mujeres con su vocabulario de estercolero, yo no le habría dicho nada.

Y seguía arrastrándose a mis pies, encareciéndome el silencio.

—¡No se habla de cosas semejantes! —repliqué—. ¡Es demasiado bochornoso! ¡Pero no trabajaré más contigo! Solicita que me ocupen en otra cosa…

Insistí mucho sobre este punto.


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