Mis confesiones
Mis confesiones A la sazón no me preocupaba todavía por los otros, no me daba cuenta de ellos siquiera; sólo un deseo me animaba: desposeerme de mi mismo.
Mikha enfermó; lo trasladaron a la enfermería. Me ascendieron y proporcionaron auxiliares. Transcurridas tres semanas, el guarda celular me notificó que Mikha se hallaba ya restablecido, pero que se negaba a trabajar conmigo, a causa de mi carácter obstinado. Así, me encargaron que, entretanto se resolviese, me ocupara en descuajar troncos en el bosque, trabajo que se tenía como un castigo.
—Pero ¿qué he hecho yo? —protesté.
En aquel preciso instante, el Padre Antoni, el gallardo monje, hizo su aparición en la oficina, colocóse modestamente en un rincón y púsose a escucharnos.
El Hermano doméstico prosiguió:
—Tienes un carácter muy enterizo y emites juicios insolentes acerca de la comunidad. A tu edad y en la posición que ocupas, son defectos necios e intolerables que conviene reprimir. El Padre Superior, dando una prueba más de su inagotable bondad, había pensado en asignarte una labor más ligera, en las oficinas… Y, en cambio, tú te conduces de este modo…