Mis confesiones

Mis confesiones

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Continuó todavía hablando largo rato con voz gangosa e indiferente; comprendí que aquel discurso inconexo me lo había espetado, más que por convicción, porque se lo habían ordenado. El Padre Antoni, arrimado a la estufa, fijaba en mí sus hermosos ojos y me sonreía burlonamente. Quise que presenciara una muestra de mi carácter, y me encaré con el Hermano doméstico:

—Yo no intento elevarme; pero tampoco aceptaré esta humillación, que no he merecido, según sabéis muy bien; quiero que se me haga justicia.

El Hermano doméstico enrojeció de ira y golpeó la mesa con el bastón:

—¡Calla, insolente!

Entonces el Padre Antoni se fue a él y deslizóle algunas palabras al oído.

—¡Es imposible! Ha de acatar las órdenes sin protesta alguna.

El Padre Antoni se encogió de hombros y, volviéndose hacia mí, me aconsejó con acento cálido y penetrante:

—¡Sométete, Matvei!

Estas dos palabras y la mirada que las acompañó, me desarmaron. Le hice una reverencia después de haberme inclinado hasta tocar el suelo, ante el doméstico. Luego pregunté a éste cuándo empezaría a trabajar en el bosque.


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