Mis confesiones

Mis confesiones

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—¡Dentro de tres días! —contestó—. Pero hasta entonces, quedas arrestado.

De no estar allí el Padre Antoni es más que seguro que hubiese dado buena cuenta del doméstico. Pero yo había interpretado las palabras del gallardo monje como una invitación de amistad; y para conseguirla hubiera sido capaz de dejarme cortar la mano.

Ingresé en la mazmorra; era una cavidad practicada en el entarimado de las oficinas, tan reducida que faltaba espacio para tenderse ni estar de pie. No había más remedio que permanecer sentado sobre un haz de paja húmeda. Reinaba un silencio tan profundo como el de los sepulcros; faltaban hasta los ratones. La oscuridad era tan grande, que hasta las manos desaparecían en ella; ni aun teniéndolas ante los ojos era posible distinguirlas.

Quedé mucho tiempo inmóvil. Todo en mí parecía postrado, como si hubiesen derramado plomo derretido dentro de mi pecho. Me sentía grávido y helado como un pedrusco. Apreté los dientes para que mis pensamientos se retuvieran, pero no conseguí sino excitarlos, hasta el punto que me quemaban cual si fuesen ascuas. Quise morder a alguien, pero estaba solo. Mesábame furiosamente los cabellos, y me removía como un badajo de campana; todo mi interior aullaba desaforadamente:


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