Mis confesiones
Mis confesiones «¡Oh, Dios! ¿Dónde está tu Justicia? ¿No se sirven de ella los impíos? ¿No es ella la que emplean los fuertes para sostener su pujanza? ¿Qué soy yo, a Tus ojos? ¿Una víctima de la impiedad, o el defensor de Tu belleza y de Tu justicia?»
Pasaba revista a la vida conventual y se me aparecía fea e hipócrita. ¿Por qué se proclamaban los monjes a sí mismos servidores de Dios? ¿En qué eran más santos ellos que los profanos? Yo conocía la dura vida de los campesinos, víctimas del hambre y la miseria. Estaban alejados de Dios; bebían, robaban, se pegaban y cometían toda clase de pecados. Los senderos de la divinidad les eran desconocidos; no les quedaban energías ni tiempo para ir en busca de la Verdad. Cada uno de ellos estaba pegado a su parcela de tierra y atado a su casa con una sólida cadena: ¡el miedo al hambre! ¿Qué podía exigirse de aquellas pobres gentes? Pero en el convento se vivía en paz y con holgura; se tenían a mano todos los días libros que divulgan la sabiduría. ¿Y cuáles de aquellos monjes servían a Dios? Únicamente los endebles y deprimidos como Gricha; para los otros, Dios no era otra cosa que una fuente de mentira y un protector de sus pecados.