Mis confesiones
Mis confesiones Se me vino a la mente el odio codicioso que los monjes manifestaban hacia la mujer, las porquerÃas abominables de sus carnes; pensaba también en su pereza, en su glotonerÃa, en sus disidencias cuando se hizo el reparto de los troncos y graznaban todos como cuervos cerniéndose sobre un cementerio. Gricha me habÃa contado que las deudas de los colonos con el convento aumentaban constantemente, por mucho que aquellos miserables trabajasen.
Yo reflexionaba: «Hace ya tiempo que me estoy matando de trabajar aquÃ. ¿Qué ha ganado con ello mi alma? ¡Sólo desgarrones y llagas! ¿Con qué se ha enriquecido mi razón? Con el conocimiento de abominaciones de toda enjundia y con una mayor repulsión hacia el hombre».