Mis confesiones
Mis confesiones —No —exclamó—. Se suicidó porque era una depravada. Yo no intervine en nada. Además, aun cuando viviéramos juntos, no serÃa ése un pecado muy grave. Soy viudo y no he hecho ningún voto. Ya en vida de mi mujer era yo viudo; estuvo enferma por espacio de cuatro años, sin moverse del lado de la estufa. Al morir ella hice el signo de la cruz; a Dios gracias, me encontraba ya libre. TenÃa la intención de casarme, pero reflexioné: «Vivo, estoy satisfecho de todo, ¿y voy a morirme ahora? ¿Por qué?» Me obsesionaba la idea de la muerte. Lo confié todo a mi hijo, y partÃ. Pensé que caminando continuamente notarÃa menos que me iba dirigiendo al sepulcro, que viendo tantas cosas diferentes olvidarÃa el cementerio. ¡Pero estaba en un error!
—¿Sufres, abuelo? —le dije.