Mis confesiones
Mis confesiones ¿Qué podÃa yo argüirle? Nunca habÃa pensado en la Muerte, ni tuve jamás tiempo de meditar sobre ese tema.
El anciano me miraba con ojos cansados. Su barbita temblaba; tenÃa la mano izquierda metida en el seno y lanzaba constantes y rápidas ojeadas a su alrededor, como temiendo que la Muerte surgiera de improviso y le precipitase en el infierno. Yo le miraba sorprendido.
La Vida hervÃa a nuestro alrededor; la tierra desaparecÃa bajo el verdor de las plantas. Cantaban unos ruiseñores invisibles y todo se remontaba hacia el sol, con manifestaciones de alegrÃa.
—¿Cómo se te han ocurrido estas ideas? —preguntóle—. ¿Has estado enfermo, acaso?
—No —contestó—. Hasta los cuarenta y siete años he llevado una existencia apacible y dichosa. Luego murió mi esposa, y mi nuera, se ahorcó. ¡Las perdà a las dos el mismo año!
—¿No serÃas tú quien puso la cuerda en el cuello de tu nuera?