Mis confesiones
Mis confesiones —¡Señor! ¡Ser un mosquito, pero vivir! ¡No me mates, Dios mío! ¡No ser más que una mosca, una arañita, pero vivir!
«¡Qué pena!» —pensaba yo.
Pero cuando no estaba solo conmigo, el anciano se reanimaba; entonces volvía a hablar de su dueña —la Muerte—, pero con valor. Decía: «Moriréis, desapareceréis un día, a una hora que ignoráis; tal vez la Muerte os sorprenda a tres leguas de aquí».
Unos se entristecían, otros se enfadaban, injuriándole; una mujer joven le apostrofó:
—¡Careces de todo y te asusta la Muerte!
Y pronunció estas palabras con tal acento de desprecio, que me quedé mirando, y el anciano se sintió sobrecogido.