Mis confesiones

Mis confesiones

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Fue prodigándome sus habituales palabras de consuelo durante todo el camino, hasta que llegamos a Luben; la verdad es que me aburría soberanamente. He visto a muchas gentes rehuir la muerte, como si jugasen estúpidamente al escondite. También existen jóvenes agobiados por el miedo a la muerte; ésos son peores aun que los viejos, y todos juntos no son más que unos impíos. Sus almas son como tubos de chimenea: están sombrías por dentro y el miedo las agita soplando sin cesar, hasta en los días bonancibles. Sus ideas se asemejan a las viejas beatas que andan sin saber dónde, y pisotean todo lo que hay vivo en su camino; invocan constantemente el nombre de Dios, cuyo amor no sienten, porque son incapaces de sentir nada. A esas gentes sólo una cosa les interesa: contagiar su terror a los otros, para que los sustenten y los mimen.

Procuran ir sembrando la mala semilla de la inquietud; ya ellos gimotean, quieren que los otros giman, correspondiendo a sus lamentaciones; a su alrededor se va elevando una terrible cuesta: la que suben aquellos que buscan a Dios modestamente; y la miseria humana arde allí con llamas multicolores.




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