Mis confesiones

Mis confesiones

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Así era la moza aldeana que había echado en cara al anciano su pobreza. Al quedar en silencio, fruncía los labios y su semblante cobraba una expresión colérica. En sus ojos chispeaba el odio. Cuando alguien le dirigía la palabra, su contestación era punzante, como si clavara un cuchillo en la carne.

—En vez de irritarte, sería mejor que me confiaras tus penas; acaso hallaras consuelo —le dije en cierta ocasión.

—¿Qué queréis de mí?

—No quiero nada, tranquilízate.

Inmediatamente montó en cólera.

—¡Oh, no tengo miedo! ¡Pero todo me hastía!

—¿Todo te hastía? ¿Y por qué?

—¿Por qué me importunáis? ¡Voy a pedir socorro!

Rechazaba de esta forma a todo el mundo, viejos, jóvenes, y también a las mujeres.

—No te necesito para nada —le contesté—; pero deseo conocer tus penas, quiero conocer todas las desdichas humanas.

Miróme con desconfianza, exclamando:

—¡Preguntad a los otros! ¡Todos sufren, malditos sean!

—¿De qué te sirven las maldiciones?

—Me gusta maldecir.


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