Mis confesiones

Mis confesiones

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Toda su cara tomó una expresión de burla y moderando el paso comenzó a hablar como consigo misma:

—La primavera pasada, mi marido fue al Dniéper a trabajar en el transporte de maderas por el río. No he vuelto a verle. ¿Se ahogó? ¿Está con otra mujer?

¡Quién lo sabe! Mis suegros son pobres y malos. Tengo dos hijos, una niña y un niño, y había que criarlos. Me puse a trabajar; estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, pero el trabajo escaseaba y a las mujeres se las paga mal. Mi suegro me repetía siempre que mis hijos y yo éramos una carga, que nos comíamos su pan. Mi suegra me dijo un día: «Eres joven, ve por los conventos; a los monjes les gustan las mujeres; ganarás mucho dinero…» Era muy cruel ver el hambre de mis hijos, y seguí el consejo. No iba a estrangularlos, ¿verdad?

Hablaba con los dientes apretados, en una vaguedad de ensueño, y en sus pupilas fulguraba el amor materno.

—Mi hijo tiene ahora cuatro años, se llama Osip, y la niña, Ganka. Yo les pegaba cuando me pedían pan; ¡sí, les pegaba! Hace ya un mes que voy de un convento a otro, ¡y no he podido ahorrar más que cuatro rublos! ¡Los monjes son tacaños! ¡Hubiera ganado más trabajando honradamente! ¡Oh, son unos diablos! ¡Unos diablos! ¿Qué agua podrá lavar mi afrenta?

Era preciso decirle algo; así que, repuse:

—¡Dios te perdonará; por tus hijos!


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