Mis confesiones

Mis confesiones

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¡Qué cólera le entró!

—¡Y eso a mí qué me importa! ¡Yo no soy culpable ante Dios! ¡Si no quiere perdonarme, allá Él! ¡Pero aun cuando me perdone, no olvidaré! ¡No! ¡El infierno no es peor!…

«He hecho mal en excitarla», me dije.

Pero ya no podía detenerse:

—¡No hay Dios para los pobres, no! Cuando vivíamos en Zelenyklin, en la ribera del Amur, le habíamos rezado ya no sé cuántas misas, rogándole que viniera en nuestra ayuda… ¿Nos ha socorrido? Allí permanecimos por espacio de tres años, matándonos a trabajar; los que no murieron de la fiebre, regresaron en la indigencia. Allí murió mi padre; mi madre se quebró una pierna en la ida, y mis dos hermanos desaparecieron en Siberia.

El rostro de la pobre mujer estaba como petrificado. A pesar de su adustez, era hermosa, con sus ojos negros y su cabello espeso. Pasamos la noche conversando, sentados en un confín del bosque, detrás de la casilla de un guarda barrera. Comprendí que el corazón de aquella mujer estaba enjuto por completo; no le quedaba fuerza ni siquiera para llorar. No obstante, al evocar su infancia, sonrió involuntariamente una o dos veces, y sus pupilas adquirieron una expresión de ternura.

Mientras ella hablaba, iba yo pensando:


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