Mis confesiones
Mis confesiones «Esta mujer acabará por apuñalar a alguien. O rodará hasta los más fementidos vicios. ¡No hay salvación para ella!»
—¡No veo a Dios, ni amo a mi prójimo! —me confesaba—. ¿Son hombres, esos que ni siquiera se ayudan entre sÃ? ¡Hombres! ¡Son como carneros, cuando se arrastran a las plantas de los poderosos; pero son lobos para con los débiles! ¡Pero los mismos lobos viven en bandadas, al paso que los hombres viven por separado; cada uno es el enemigo de otro! ¡Ah! ¡Muchas cosas he visto, muchas veo todavÃa! ¡ValdrÃa más que todo el mundo pereciese! ¡Se traen hijos al mundo y no se les puede alimentar! ¿Es eso justo? ¡Yo pegaba a los mÃos cuando me pedÃan pan!
Por la mañana se separó de mà para ir a vender su cuerpo a los monjes; en el momento de partir, me dijo con voz melosa:
—Hemos dormido juntos, tú eres más fuerte, y no has aprovechado la ocasión.
Me pareció que me azotaban el rostro. Le repliqué:
—¡Haces mal en insultarme!
Ella bajó los ojos.