Mis confesiones
Mis confesiones —Hola, muchacha, ¿verdad que la vida no es fácil?
Detuvo sus pasos y contestó, indignada:
—¿Qué has dicho?
—Es difÃcil dominarse, ¿verdad?
Balbuceó en voz baja y encolerizada:
—¡Cállate, Satanás!
Y alejóse rápidamente su silueta negra, como un jirón de nube arrastrado por el viento.
No sabrÃa explicar por qué le hablé con tanta malevolencia. Por aquel entonces, surgÃan en mi espÃritu, con sobrada frecuencia, ideas de ese jaez, que, semejantes a chispazos, se remontaban para caer luego, hiriendo a alguien. Se me antojaba que todo el mundo era hipócrita y mentiroso.
Algunos dÃas después volvà a verla en otro camino; mi corajina contra la religiosa habÃa subido de punto. ¿Por qué se envolvÃa en aquellas tocas negras? ¿De qué se ocultaba? Cuando pasó por mi lado, le dije:
—¿Quieres escapar de aqu�
Se estremeció, sacudió la cabeza hacia atrás y se puso rÃgida como una flecha; por un momento creà que iba a gritar.
Pero me contestó, de un modo inesperado:
—Te lo diré esta noche.