Mis confesiones
Mis confesiones La llama de una cerilla rasgó la oscuridad, iluminando un rostro que ya conocÃa. Percibà una voz que decÃa:
—¡Cerrad la puerta!
Obedecà y, dando a tientas con la chimenea, me apoyé en ella, e inquirÃ:
—¿No se hará fuego?
La muchacha rió ligeramente.
—¿A qué fuego os referÃs?
«¡Qué asco!», pensé.
Pero no despegué los labios. Apenas si distinguÃa a la religiosa; envuelta en las tinieblas, parecÃa una nube sombrÃa en un cielo nocturno.
—¿Por qué no contestas? —preguntó con voz reposada.
Tras un momento de vacilación, repuse:
—No es a mà a quien toca hablar.
—¿Hablabais formalmente al proponerme la fuga?
Reflexioné un instante, buscando la respuesta que pudiera ser más ofensiva; y tuve la cobardÃa de decir tranquilamente:
—No; querÃa sólo poner a prueba vuestra religiosidad.