Mis confesiones
Mis confesiones Encendió otra cerilla; su rostro se destacó entré las sombras. Sus ojos negros brillaban con insolencia. Me sentà sobrecogido por cierta ansiedad; escrutando en las tinieblas, pude distinguir su silueta negra en mitad del cuarto, extrañamente erguida.
—Es inútil que pretendáis poner a prueba mi fervor religioso —me dijo con voz ardiente—. ¡No os llamé para eso; si no comprendéis el motivo, podéis retiraros!
Su voz era ruda; no era la lujuria lo que vibraba en ella, sino algo muy grave. Frente a mà habÃa una ventana abierta; parecÃa un pasadizo, excavado en la profundidad de la noche. Me sentà inquieto, comprendiendo que habÃa juzgado erróneamente; una sensación de pesadumbre se iba apoderando de mi espÃritu; me temblaban las piernas.
Ella prosiguió:
—Si me escapase, no sabrÃa adónde dirigirme; mi tÃo me encerró aquà a viva fuerza; y ahora me siento sin ánimos para seguir viviendo; me ahorcaré.
Su voz se extinguió, como si se despeñase por un abismo.
Yo estaba completamente desorientado. Fue acercándose a mÃ; su voz era jadeante.
—¿Qué es lo que queréis, pues, de m� —le pregunté.