Mis confesiones
Mis confesiones Puso la diestra en mi hombro; estaba trémula. Yo también me estremecÃa; las rodillas me flaqueaban y algo me anudaba la garganta y me asfixiaba.
«¿Será una posesa?», pensé.
Volvió a hablar con voz entrecortada por los sollozos. Su aliento me calentaba el rostro,
—Tuve un hijo; me lo arrebataron y me encerraron aquÃ; ¡pero la vida me es imposible en esta casa! Me han hecho saber que mi hijo habÃa muerto; son mis tÃos, mis tutores, quienes lo afirman. ¡Quién sabe si lo han matado o lo abandonaron! Y ahora piensa, amigo mÃo. No seré mayor de edad hasta dentro de dos años; hasta entonces estaré en poder de estas gentes, y yo no puedo seguir viviendo aquÃ.
Todo su cuerpo estaba sacudido por los sollozos. Me sentà culpable hacia aquella mujer; sentÃa compasión por ella y también cierto miedo. ParecÃa medio loca; no sabÃa si dar crédito a sus palabras.
Entonces prosiguió con voz desgarrada y sollozante: