Mis confesiones
Mis confesiones Me habló de su existencia pasada. Era hija de un cerrajero y fue criada por un tío suyo, mecánico, borracho y perverso. Ese hombre pasaba el verano metido en los barcos y el invierno en parajes que habían sido cercados por las inundaciones. Ella no sabía dónde ir. Sus padres habían muerto, en un incendio que estalló en una almadía; a la sazón tenía ella cuatro años; a los diecisiete tuvo un hijo de un joven aristócrata…
Su voz, impregnada de dulzura, me llegaba al alma; su mano tibia se apoyaba en mi cuello, y su cabeza en mi hombro. Mientras la escuchaba, sentía que un gusano me roía el corazón; era la duda…
Los hombres olvidamos con demasiada frecuencia que fue una mujer la que engendró a Jesucristo y le acompañó resignadamente hasta el Gólgota. Hemos olvidado, también, que la mujer es madre de todos los santos, de todos los grandes hombres del pasado. En nuestra ruin concupiscencia hemos perdido la idea de su valor; hacemos de ella un juguete o una bestia de carga; y por eso ya no da a luz Salvadores de la humanidad; no engendra más que monstruos, fruto de nuestra miseria moral.
Me habló luego del convento; no era ella là única que se encontraba allí a la fuerza. De pronto me dijo, acariciándome: