Mis confesiones
Mis confesiones —Tengo una amiga, una muchacha buena y pura, de familia muy rica, que está encerrada también contra su voluntad en este convento. ¡Cómo sufre la pobre! A ella también le gustarÃa tener un hijo; asà la despedirÃan del convento y se irÃa con su madrina…
«¡Señor! ¡Qué desgraciadas!», pensaba yo, horrorizado.
Una vez más se tambaleaba mi fe en la omnisciencia de Dios y en la justicia de sus leyes. ¿Es justo colocar a una criatura humana en una situación tan terrible, con objeto de que la ley triunfe?
Y Cristina me susurraba muy quedo al oÃdo:
—¡Si tú pudieras… también con ella!
Estas palabras desvanecieron todas mis dudas; hubiera querido besarle los pies. Comprendà que sólo una mujer pura, capaz de sentir la grandeza de la maternidad podÃa expresarse de aquella forma. Le confesé las sospechas que habÃa tenido; me rechazó y se puso a llorar dulcemente en las tinieblas. No me atrevà ya a consolarla.