Mis confesiones
Mis confesiones —¿Crees qué no he sentido vergüenza al hacerte venir aquÃ? —preguntó en tono de reproche—. Eres guapo y vigoroso; no me ha sido fácil pedirte la limosna de una caricia, como si fuera una mendiga. ¿Y sabes por qué me he dirigido a ti? Porque he visto que eras formal, que tus miradas eran graves, que hablabas poco y no importunabas a las religiosas jóvenes. Tus sienes están plateadas. Y no me explico por qué me pareció que debÃas de ser bueno. Cuando la primera vez me hablaste tan mal, lloré, pensando que me habÃa equivocado. Luego reflexioné y decidÃme a llamarte.
—¡Perdóname! —le dije.
Ella me besó:
—¡Que Dios te perdone!
En aquel momento la vieja llamó a la puerta:
—¡Idos, van a tocar a maitines!
Luego, mientras me acompañaba por los corredores, me dijo:
—¡Bien podrÃas darme un rublo!
Tuve que contenerme para no pegarle.