Mis confesiones

Mis confesiones

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Estuve cuatro o cinco días con Cristina. No pude quedarme más tiempo, porque las monjas del coro y las novicias me dirigían cuchufletas. Después de todo, tenía ganas de estar a solas para meditar acerca de aquella aventura. ¿Cómo puede negarse a una mujer el derecho a la procreación, si éste es su deseo, puesto que los hijos han sido y serán siempre la iniciación de una nueva existencia, los mensajeros de nuevas energías?

Había otra cuestión, que yo debía rehuir. Cristina me presentó a su amiga, una jovencita delgada, rubia, de ojos azules, muy parecida a mi Olga. Tenía una carita en la que resplandecía la pureza y una mirada llena de tristeza infinita. Ella procuraba atraerme, y Cristina me animaba insistentemente en sus propósitos. Pero uno y otro caso no eran iguales; Cristina no era ya una jovencita, al paso que la otra, Julia, era una niña. No pude decidirme a poseerla. La inocencia de la chiquilla me confundía.







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