Mis confesiones
Mis confesiones Me despedí de Cristina; ella lloró, rogándome que le escribiese; quería comunicarme si estaba encinta, y me dio una dirección. Poco después de mi partida le escribí; me contestó con una carta muy lisonjera; volví a escribirle, y ya no recibí más noticias. Sólo al cabo de un año y medio llegó a mis manos otra carta, que había quedado detenida mucho tiempo en Correos. Cristina me hacía saber que había tenido un niño, robusto y alegre, que se llamaba Matvei. Como su tío había, fallecido, vivía en casa de su tía. «Ahora soy dueña de mi destino —añadía—; si vienes, serás recibido con alegría». No me faltaban deseos de ver a mi hijo y a mi esposa de algunos días, pero por aquel entonces había yo dado con el verdadero camino; así es que contesté a Cristina que no podía ir a verla por el momento y que pensaba efectuarlo más tarde.
Luego supe que se había casado con un comerciante en cuadros, trasladándose con su marido a Rybinsk.
Cristina era el primer ser humano que yo había visto en condiciones de luchar por sus propias fuerzas. Pero entonces no supe apreciar el alto valor de esta cualidad.
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Después de ésta aventura intenté trabajar en la ciudad, pero la existencia me pareció allí pesada y asfixiante, aunque no eran fuerzas lo que me faltaba.