Mis confesiones

Mis confesiones

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Mis camaradas me disgustaban por su pobreza de espíritu y por lo bien que se amoldaban al yugo del patrono. Parecían decir:

«¡Tomad, devorad mi cuerpo, bebed mi sangre! ¡No sé dónde ir a parar en este mundo!»

Me aburría con ellos; bebían y se peleaban por fútiles motivos, cantaban canciones tristes, trabajando día y noche, mientras el patrono se enriquecía a su costa. Nos faltaba espacio en aquel hornucho sucio; dormían hacinados; las mujeres y el vino eran todo el horizonte de aquellas existencias. Cuando yo disertaba acerca de la mala organización de la sociedad, mis camaradas me escuchaban atentamente, moviendo compungidos la cabeza, y me daban la razón. Pero si les decía: «Es Dios lo que hemos de buscar», lanzaban unos suspiros y se distraían. Algunas veces se mofaron de mí. Y sus bromas eran mordaces.

No me gustaban las ciudades. Aquel tumulto y aquel tráfico incesante me eran insoportables. ¡Y todos aquellos hombres que corrían, afanosos y preocupados, me eran indiferentes! Había allí un número increíble de tabernas, de iglesias, una infinidad de casas, y, no obstante, se vivía con estrechez. Los habitantes eran innumerables, pero ninguno vivía por sí mismo; todos estaban ligados a una labor y andaban por la vida en un mismo sentido, como perros encadenados.


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