Mis confesiones

Mis confesiones

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Alzando la cabeza, pude percibirle mejor: era de baja estatura y vestía una sotanilla; del cinto pendíale una tetera, y a la espalda llevaba una talega de cuero y un perol. Caminaba a paso ligero; de lejos empezó a sonreírme, moviendo acompasadamente la cabeza. Era un peregrino análogo a todos los otros. Su especie era numerosa y nociva; para aquellas gentes, el vagabundo era una profesión muy ventajosa; eran ignorantes, mentían descaradamente, se emborrachaban y no desdeñaban el robo. Yo los aborrecía con toda el alma.

Al llegar adonde yo estaba, quitóse el gorro y meneó la cabeza; su coleta empezó a oscilar rápidamente a uno y otro lado, con efecto cómico; y mi hombre empezó a charlar como un estornino.

—¡Que la paz sea contigo, buen hombre! ¡Qué calor! ¡Veintidós grados más que en el infierno!

—¿Hace mucho que has vuelto de ahí? —pregunté.

—¡Algo más de seiscientos años!

Su voz era retozona y vibrante, tenía la cabeza pequeña, la frente espaciosa, y el rostro lleno dé arrugas finas, como una telaraña. Su barbita, un tanto canosa, estaba aseada, y sus vivos ojos pardos brillaban como los de un joven.

«¡Simpático vagabundo!», pensé.

Él seguía hablando.


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