Mis confesiones
Mis confesiones —¡Qué hermoso es el Ural! ¡Dios ha decorado la tierra, como un gran artista! ¡Ha distribuido a maravilla los bosques, los rÃos y las montañas!
Mientras asà hablaba, desembarazábase de sus utensilios. Sus gestos eran rápidos; al observar que el agua de mi olleta estaba ya hirviendo, la apartó del fuego de un manotazo, preguntándome, cual si fuéramos antiguos camaradas:
—¿Saco mi té o tomamos del tuyo? —Y sin darme tiempo a despegar los labios, añadió—: ¡Bueno; tomaremos del mÃo! ¡Es sabroso; me lo ha regalado una tendera! ¡Es un té muy caro!
Le interrumpà sonriendo:
—¡Qué listo eres!
—¡Eso no es nada! Estoy rendido de calor; espera a que me haya repuesto y verás otras cosas.
Aquel hombre me recordaba a Savelko, y eso me hizo entrar ganas dé bromear con él.
Pero no habÃan transcurrido aún cinco minutos cuando oÃ, lleno de asombro, conceptos que jamás oyera, y que, sin embargo, me eran familiares; me pareció que no era un hombre el que hablaba, sino mi propio corazón que cantaba la gloria de las jornadas llenas de sol.