Mis confesiones
Mis confesiones APENAS llegó el verano, abandoné la ciudad con el propósito de ir a Siberia, región de la que me habían hecho grandes elogios. Durante el viaje, un hombre me enseñó la ruta que conduce hasta Dios, y me iluminó el alma para todo el resto de mi vida. Le encontré entre Perm y Verkhoturie.
Hice alto en la linde de un bosque, encendí fuego, y el agua para el té estaba hirviendo en aquel momento. Era mediodía; el aire, saturado del olor de la resina, era denso y cargado. Me costaba trabajo respirar; hacía mucho calor. Incluso los pájaros experimentaban los efectos de los ardores solares; ocultos en lo más tupido de la arboleda, cantaban alegremente en sus nuevos nidos. Imaginé por unos instantes que todo iba a derretirse bajo el ardor del cielo, que las piedras, los árboles, e incluso mi cuerpo, fluirían por el suelo como arroyos polícromos y espesos.
De pronto vi venir, en la dirección de Perm, a un hombre, que cantaba con voz aguda y trémula.