Mis confesiones

Mis confesiones

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No cesaba de hablar, y de vez en cuando me miraba, sonriéndome; yo le escuchaba, como el viajero extraviado de noche en un bosque, que oyera un lejano tañido de una campana y temiese equivocarse, confundiendo el grito de un búho con un mensaje de libertad.

Comprendí, entonces, que aquel hombre había visto muchas cosas y meditado largamente.

Le pregunté quién era.

—Me llaman Iegundile, el regocijado histrión y el mejor amigo de mí mismo.

—¿Has pertenecido a la clerecía?

—He sido pope, pero por poco tiempo. Fui destituido y encerrado, por espacio de seis meses, en el convento de Susdal. ¿Por qué? Porque al hacer mis sermones en la iglesia, el pueblo, en su simplicidad, me comprendió demasiado bien. A los fieles les dieron azotes, a mí me condenaron y así terminó el asunto. ¿Sobre qué versaban mis sermones? ¡Ni siquiera me acuerdo! Hace mucho tiempo de todo eso, tal vez dieciocho años. En ese lapso se pueden olvidar muchas cosas. ¡He tenido muchas ideas, pero jamás se me ocurrió una en el momento oportuno!

Reía, y la risa jugueteaba en cada arruga de su cara; cuando miraba a su alrededor, parecía como si las montañas y los bosques fuesen obra suya.

El calor disminuía y nos pusimos en camino.


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