Mis confesiones
Mis confesiones —Y tú, ¿quién eres? —me preguntó mientras andábamos.
Como en otro tiempo me ocurriera con Antoni, experimenté también entonces la necesidad de hacer desfilar por mi mente los dÃas pretéritos y observar una vez más su desemejanza. Comencé a hablar de Larión, de Savelko. El viejo reÃa de muy buena gana, y gritaba:
—¡Ah, qué buenas gentes! ¡Qué criaturas de Dios! ¡Eso son hombres de veras, las flores del suelo ruso! ¡Ah, qué buena gente!
Yo no comprendÃa la razón de tales elogios; aquella alegrÃa se me antojaba extraña. Y mientras, el otro reÃa de tal modo que no podÃa dar un paso; se detenÃa, echaba la cabeza hacia atrás y lanzaba sus exclamaciones al cielo, como si en lo alto tuviera un buen amigo con quien compartir su júbilo.
—Te pareces algo a Savelko —le dije afectuosamente.
—¿De veras? —exclamó—. ¡Hombre, me alegro! ¡Ah, amigo mÃo! ¡Si la Iglesia ortodoxa no nos hubiese aplastado antes y nosotros estuviésemos vivos, todo habrÃa cambiado en Rusia!
No pude comprender el significado de estas palabras.
Cuando yo aludÃa a Titof, me pareció siempre que mi camarada conocÃa a mi suegro, pues le llenaba de invectivas.