Mis confesiones

Mis confesiones

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—¡He conocido algunos como ése! Chinches voraces, tontos y cobardes…

Al llegar al punto de mis aventuras con Antoni, quedó pensativo por unos momentos, y luego dijo:

—¡Ése es un incrédulo! Pero hay personas que son incrédulas por ignorancia.

Yo escuchaba sus palabras atentamente, sin dejar escapar una sola, pues me parecía que eran el fruto de un cerebro sensato. Le hablaba como a un confesor, pero vacilé bastante, al referirle mis dudas acerca de Dios, dado que experimentaba cierto temor. He de consignar que la imagen de Dios se había empañado en mi alma; yo quería librarla del polvo del tiempo, pero veía que, a fuerza de borrar, ya no quedaba nada de ella. Y mi corazón se estremecía, acongojado.

El anciano meneó la cabeza.

—¡Vamos, no temas! —exclamó, animándome—. ¡Si ocultas algo, te mientes a ti mismo, y no a mí! ¡Habla, habla! ¡No te dé reparo!

Repetía todas mis palabras como un eco infalible, y yo, por mi parte, me sentía cada vez menos cohibido.

Nos sorprendió la noche.

—Detengámonos —dijo—. Buscaremos un sitio donde descansar.

Encontramos un lugar adecuado, bajo una inmensa roca, en el que la maleza formaba en el suelo como un tapiz negro. Luego preparamos el té.


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