Mis confesiones
Mis confesiones —¡Bueno! Y ¿qué me cuentas, padrecito? —le pregunté.
Sonrió.
—Te diré todo lo que sepa. Pero no debes buscar afirmaciones en mis palabras; no pretendo enseñar, sino solamente referir. Únicamente afirman aquéllos para quienes el curso de la Vida es peligroso, y nociva la difusión de la Verdad. Comprenden que la Verdad brilla cada vez con más potencia, porque aumenta de dÃa en dÃa el número de los corazones en que prende esa luz. Lo ven y se asustan. Toman apresuradamente la parte de Verdad que estiman ventajosa, la condensan en una fórmula y gritan al mundo entero: «¡Aquà tenéis la Verdad, el puro alimento espiritual; vedla cómo es ahora y asà mismo permanecerá inalterable por los siglos de los siglos!» Y esos malditos se sientan sobre la faz de la Verdad, la estrangulan echándole las manos a la garganta y le impiden que se desarrolle. Ésos son nuestros enemigos y los enemigos de todo lo que es esencial. Yo no puedo decir más que una cosa: ¡hoy es asÃ, pero lo que sea mañana, lo ignoro! En la vida no hay un amo que sea verdaderamente legÃtimo; todavÃa no ha llegado ninguno, y cuando llegue, yo no sé los planos que rectificará, qué proyectos destruirá ni qué templos edificará.
Era la primera vez que oÃa palabras de este género, y me parecieron incomprensibles.