Mis confesiones

Mis confesiones

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Experimentaba la impresión de que el viejo me había colocado frente a una puerta cerrada, que no quería abrir, ni tampoco decirme lo que ocultaba. Los conceptos que vertía Iegundile me parecían confusos; de vez en cuando arrojaban algunos chispazos que me sobresaltaban, deslumbrándome, pero sin que iluminaran las tinieblas de mi espíritu. Brillaba la luna y estábamos rodeados de sombras; por encima de nosotros, el bosque subía quedamente por las laderas. Más allá de las cumbres, entre el ramaje de la arboleda, las estrellas fulguraban como aves de fuego. Cerca de nosotros susurraba un arroyo; y, a intervalos, percibíase el ululato de un búho.

Y triunfando de todo, el discurso del anciano era una dulce vibración en la noche. ¡Hombre raro aquél! Había cogido un bichito que le corría por la mejilla, y, poniéndolo en la palma de la mano, le hablaba en estos términos:

—¿Dónde vas, tontuelo? ¿Eh? ¡Ve a saltar por la hierba!

Eso me entusiasmó. Yo también quería mucho a los insectos, y su misteriosa existencia entre las hierbas y las flores me había interesado siempre.


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