Mis confesiones
Mis confesiones Interrogué al anciano; hubiese deseado que se explicara de un modo más conciso y claro, pero comprendà que esquivaba mis preguntas como saltando por encima de ellas. Su rostro, siempre animado, me era grato; los reflejos rojizos de las llamas le acariciaban, hermoseándolo, y estaba palpitante de la apacible alegrÃa que yo tanto ansiaba poseer.
DÃjele:
—Un hombre me ha asegurado que la fe es una fantasia. ¿Cuál es tu opinión?
—Opino que ése no sabÃa de qué hablaba, pues la fe es un gran sentimiento creador. Surge espontáneamente de la plétora de fuerza vital en el hombre. Esta fuerza es inmensa y hostiga constantemente al juvenil entendimiento humano, empujándolo a la acción. Pero el hombre se ve cohibido y coartado en sus actos; se le ponen toda clase de obstáculos; se le obliga a trabajar el pan y el hierro, en vez de dejarle que explore las riquezas vivas contenidas en su espÃritu. Y no sabe todavÃa aprovecharse de todos esos tesoros, porque carece del hábito; teme el desorden de su espÃritu, se forja monstruosas quimeras; le asustan los reflejos de su alma inorganizada.
—¿Por qué rehúyes hablar de Dios? —le pregunté.
Miróme con expresión de asombro: