Mis confesiones

Mis confesiones

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Vi venir a mi encuentro un hombre parecido a un oso; estaba sucio de los pies a la cabeza, y vestía ropas tan grasientas, que relucían a la luz del sol. Preguntóle si conocía al cerrajero Pedro Iagik.

—¿Por qué?

—Tengo que verle.

—Soy yo.

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Qué hay?

—Le traigo una carta.

Aquel hombre, corpulento y de anchos hombros, me llevaba casi un palmo. Una amplia barba le rodeaba el rostro cubierto de suciedad; sus ojillos pardos casi desaparecían bajo las pobladas cejas y llevaba el cabello cortado al rape. Con la gorra inclinada sobre la oreja, tenía cierto aspecto campesino.

La lectura no era tarea fácil para él; le temblaban los bigotes y se le arrugaba la cara. De pronto abandonó aquel aire ceñudo, brillaron sus blancos dientes al sonreír y sus ojos aniñados se abrieron bondadosos.

—¡Ah! —exclamó al fin—. ¡Vive todavía ese buen hombre! ¡Tanto mejor! Sigue esta calle hasta el fin, muchacho; vuelve a la izquierda en dirección al bosque y al pie de la montaña verás una casita con persianas verdes. Pregunta allí por el maestro de escuela; se llama Mikhailo y es sobrino mío; enséñale el billetito, yo iré en seguida.


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