Mis confesiones

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XXI

LLEGUÉ a un sucio infierno, un desfiladero entre dos montes completamente talados. Varias edificaciones surgían del suelo; por encima de las techumbres, grandes llamas culebreaban en el aire; altas chimeneas se erguían hacia el cielo; por doquier había humo y vapor, y todo estaba lleno de mugre. Los martillos retumbaban sordamente; salvajes rechinamientos, gritos y ruidos ensordecedores hacían vibrar aquel ambiente saturado de humareda. Aquí y allá, hierro, ladrillos, madera, humo, vapor y fetidez. Y unos hombres, negros como el carbón, se movían en aquella hondonada, entre grandes montones de cosas que no acerté a identificar.

«¡A buen sitio me has mandado, Iegundile!», pensé.

Era la primera vez que veía una fábrica de cerca. El estrépito me atontaba y la respiración se me hacía difícil.

Me aventuré por las callejas, en busca del cerrajero Pedro Iagik. Aquéllos a quienes interpelaba respondíanme con voz huraña; hubiérase dicho que todos allí habían reñido aquella mañana, sin haber tenido tiempo de reconciliarse.

Y yo pensaba para mis adentros: «Ésos son los que crean a Dios».


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