Mis confesiones
Mis confesiones Era donde quería el viejo que yo fuera; por eso di media vuelta, no tenía ganas de ir allí.
Anduve de un caserío en otro, observando a las gentes: eran todas adustas y mal educadas, y no sentían deseos de hablar con nadie; probablemente temían que les robase algo. «¿Y ésos son los que crean a Dios?», iba pensando al contemplar a aquellos campesinos cenceños.
Volví a preguntar adónde iba la carretera:
—¡A la fábrica Isetsky!
«Por lo visto, todos los caminos van allí», me dije, y continué merodeando por los bosques y las aldeas. Iba trepando entre las hierbas como un escarabajo, cuando de pronto divisé en lotananza la fábrica. Aquella humareda no me seducía. Al verla, imaginé haber perdido la mitad de mí mismo. No acertaba a comprender lo que quería, y aquella incertidumbre hacíame profundamente desdichado. Un acerbo despecho fermentaba en mi alma; por momentos me escapaba una risa maligna; ¡hubiese querido insultar al mundo entero e insultarme a mí mismo!
De pronto, e insensiblemente, resolví encaminarme a la fábrica.