Mis confesiones

Mis confesiones

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Tenía voz de clarín; después de hablar, movió la mano en señal de saludo y se alejó.

«¡Qué hombre tan raro!», me dije.

En la casa indicada me recibió un joven de rostro anguloso, vestido con blusa y mandil de cretona; los puños arremangados permitían ver unas manos blancas y finas.

—¿Cómo está el tío lona? —me preguntó después de leer la nota.

—Bien, a Dios gracias.

—¿No ha dicho si vendría a vernos?

—No. Pero ¿se llama lona?

El joven me lanzó una mirada de sospecha; y volvió a leer la misiva.

—¿Cómo quieres que se llame, pues?

—Me dijo que su nombre era Iegundile.

El maestro sonrió:

—Es un remoquete que yo le puse.

Aquel joven tenía los cabellos largos y lacios, como un sacristán, la tez pálida y los ojos de un azul acuoso. Adivinábase que procedía de otro punto, que no había nacido en aquel rincón del mundo. Me medía con la mirada, como si yo fuera un pedazo de tela. Y aquello no me gustó.

—¿Hace mucho tiempo que conoces a lona?

—Cuatro días y cuatro noches.


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