Mis confesiones

Mis confesiones

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—Pero se equivoca; su pena no le distingue en nada de los demás —añadió Mikhailo—. Todos tenemos esta ilusión y precisamente por eso la vida resulta monstruosa e impotente. Cada cual trata de apartarse de la vida, de construirse su refugio desde donde, en la soledad, pueda contemplar el mundo. La vida se nos antoja ruin y estéril cuando se la contempla desde el fondo de una cueva; sólo los solitarios pueden tener interés en verla de este modo. Me refiero a los que, por una u otra razón, carecen de fuerza para montar en los hombros del prójimo y dirigirse de este modo al sitio donde mejor se coma.

Sus palabras me causaban cólera y despecho. Esta vida miserable, indigna del espíritu, inicióse el día en que la primera individualidad humana se desprendió de la fuerza milagrosa del pueblo, de la masa, que era su madre, o que, asustada por su impotencia y su aislamiento, se redujo a un insignificante ovillo de deseos mezquinos, llamado el «yo». ¡Este «yo» es el peor enemigo del hombre! Al querer defenderse y afianzarse en la tierra, el «yo» ha matado inútilmente todas las energías intelectuales, toda la capacidad de crear bienes espirituales.

Me pareció que estaba oyendo un discurso mío, lleno de pensamientos que, de antiguo, palpitaban en mí.


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