Mis confesiones
Mis confesiones —Entonces, ¿por qué está tan dolorida mi alma?
—Porque este dolor le es grato.
Me rechinaron los dientes; la serenidad dé aquel hombre me era insoportable.
—¿Está seguro de eso?
Miróme a los ojos y, sin apresurarse, siguió hablando como si me hincase clavos en el pecho.
—Si es sincero, habrá de confesar que el sufrimiento de su alma le es indispensable, lo cual le sitúa por encima de los demás. Y trata de conservar preciosamente ese sufrimiento, como si fuese una distinción, ¿verdad?
Su rostro anguloso se habÃa distendido y vuelto más enjuto; se le nublaron los ojos, mientras con una mano se acariciaba la mejilla. Tuve la impresión de que me estaba limpiando con arenilla, como se hace con el cobre.
—Se ve que siente reparo en mezclarse con los otros hombres; y por eso piensa, sin darse tal vez cuenta: «¡Tengo úlceras, pero son mÃas! ¡Nadie tiene úlceras iguales a las mÃas!»
Quise replicar, pero me faltaron las palabras. Era más débil y más joven que yo, y no me creà más tonto que él.
El tÃo cloqueaba como un pope en el baño.