Mis confesiones
Mis confesiones HabÃa vuelto a expresarme mal, pues dudaba de Dios antes de conocer a los hombres. Mikhailo me contemplaba con ojos muy abiertos y aire pensativo; el tÃo iba y venÃa con paso firme, acariciándose la barba y refunfuñando por lo bajo. Yo estaba avergonzado de haber cometido la bajeza de mentir. Me pareció que mi alma tenÃa una rara transparencia, que mis ideas sobresaltadas, semejantes a un enjambre de abejas asustadizas, revoloteaban inconscientes. Comencé a perseguirlas furiosamente; querÃa vaciar mi corazón… Y hablé durante largo rato, sin preocuparme de la incoherencia de mis frases; tal vez las iba enredando a propósito. Puesto que mis oyentes eran tan sabihondos, ¡allá se las compusieran ellos!
Cansado, al fin, de mi discurso, pregunté con cierto tono provocativo:
—¿Y cómo curaréis la enfermedad de mi alma?
Sin que me mirara, Mikhailo murmuró:
—No le considero enfermo…
Otra vez rió el tÃo con estrépito; parecÃa un diablo caÃdo de una buhardilla.
—El hombre está enfermo cuando no tiene conciencia de sà mismo, cuando no conoce otra cosa que su enfermedad y sólo vive por ella —prosiguió Mikhailo—. Pero por lo visto, no ha perdido la cabeza; va en busca de los goces de la existencia, cosas únicamente accesibles a los que están buenos…