Mis confesiones
Mis confesiones Yo hubiese querido discutir y regañar con aquellos hombres, pero no sabÃa cómo hacerlo, y eso aumentaba mi rabia.
De pronto, Mikhailo se aproximó a mÃ, preguntándome con acento afectuoso:
—¿Cree en Dios?
—¡SÃ!
Pero en el acto me sentà perplejo. No era eso lo que debà haber contestado. ¿CreÃa yo, realmente, en Dios?
Mikhailo prosiguió:
—¿Y respeta a los hombres?
—¡No! —repliqué.
—¿No cree, pues, que han sido creados a imagen y semejanza de Dios?
El tÃo sonrió ampliamente. De buena gana le hubiese mandado al diablo.
«No —me decÃa—, hay que esgrimir la sinceridad para luchar con estas gentes. Ante ellos caeré hecho pedazos; ya se arreglarán para reconstruirme».
Y dije en voz alta:
—Al conocer a los hombres he dudado del poder de Dios…