Mis confesiones
Mis confesiones —¿Cristianos ortodoxos, pues?
El sobrino frunció el ceño, y el tÃo se encogió de hombros; y luego dijo, riendo:
—¿Y si le enseñáramos los pasaportes, Mikhailo?
Me hice cargo de la ridiculez en que habÃa incurrido; pero, no obstante, proseguÃ:
—He venido a conocer vuestras ideas y no para que me exhibáis pasaportes.
—¡Nuestras ideas! ¡Muy bien! ¡Su Excelencia quedará complacido! ¡Ideas, formen! —repuso el tÃo con su fuerte vozarrón, soltando luego una fuerte carcajada.
Mikhailo, que estaba preparando el té, replicó con voz pausada:
—No de otra manera he interpretado su llegada. No sois el primero que lona nos envÃa. Él conoce a los hombres y no nos mandarÃa una nulidad.
El tÃo me dio un golpecito en la frente con la palma de la mano, exclamando:
—¡Pon la cara más risueña! ¡Y no juegues todos tus triunfos, porque saldrÃas perdiendo!
Se consideraban ricos de espÃritu y me trataban como a un pedigüeño. Aunque sin darse prisa, se preparaban, indudablemente, a saciar mi alma, sedienta de su sabidurÃa.