Mis confesiones

Mis confesiones

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Vi que era más fuerte que yo. Iba a contestarle, cuando ya se retiraba. Me quedé solo con mi vergüenza y eché una mirada a mi alrededor. La habitación era espaciosa y limpia; en un rincón había una mesa de comedor. En los estantes, sujetos a la pared, se alineaban libros profanos, pero había también una Biblia, el Nuevo Testamento y un antiguo Salterio eslavo. Salí al patio a lavarme, y poco después llegó el tío, con la gorra caída sobre la oreja; andaba braceando y alzando la cabeza como un toro.

—Yo también voy a lavarme —dijo—. Échame agua en las manos.

El cuenco que formaban sus manos juntas era del tamaño de una taza grande de caldo. Cuando hubo quitado un poco de la mugre que lo cubría, observé que su rostro tenía los pómulos salientes, y era rojizo como el cobre.

Nos sentamos a la mesa; tío y sobrino hablaron de sus asuntos, sin preguntarme quién era yo, ni qué quería, pero me instaban cariñosamente a que comiese y me miraban con cierta deferencia.

Al observar que aquellos hombres eran sosegados y pisaban en tierra firme, sentí grandes deseos de zaherirles. ¿En qué eran superiores a mí?

—¿Sois cismáticos? —les dije.

—¿Nosotros? —exclamó el tío—. ¡De ningún modo!


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