Mis confesiones

Mis confesiones

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La luna y dos grandes estrellas velaban en el firmamento. Sobre su fondo azulado, la muralla almenada del bosque se delineaba claramente en la cumbre de la montaña, cuyas laderas estaban taladas por entero y llenas de grandes barrancadas tenebrosas. Abajo, la fábrica, enseñando sus dientes rojos y voraces, roncaba y humeaba; por sobre sus techumbres las llamas se retorcían, saltaban en el espacio, pero al no lograr libertarse, se convertían en humo que se remontaba siempre… La atmósfera estaba sobrecargada, y yo jadeaba.

Medité en la acerba soledad del hombre. Mikhailo decía cosas interesantes y pensaba lo que decía; yo adivinaba que él tenía razón y, sin embargo, me dejaba frío. Mi alma no se compenetraba con la suya, continuaba sola como en medio de un desierto.

De pronto advertí que estaba pensando con las palabras de lona y Mikhailo, que sus ideas palpitaban en mí vigorosamente, aunque sólo en la superficie de mi alma, pues en el fondo ocultaba celosamente sentimientos que les eran opuestos.

¿Dónde me encontraba? ¿Qué había en mí que me fuera propio? Semejante a una peonza, giraba en mis dudas con una velocidad cada vez mayor, lo cual me producía un ligero zumbido en los oídos…


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