Mis confesiones
Mis confesiones Una sirena sonó como un plañido, primero, y luego con un aullido fuerte y autoritario. La mañana, soñolienta, asomaba por detrás de los montes; la noche huía, arrancando a lös árboles el velo transparente con que los cubriera; iba enrollándolo para ocultarlo en las hendiduras y barrancos. La tierra, saqueada, aparecía de nuevo a nuestros ojos; todo estaba revuelto, como si algún gigante se hubiese entretenido saltando por aquel valle encajonado, abriendo profundas heridas en la tierra, descuajando los árboles. Y la fábrica, metida allí, roncaba, sucia, grasienta, rodeada por el humo. Unos hombres salidos de todas partes se dirigían hacia ella, que los iba engullendo a todos, unos tras otros…
«¡Ésos son los que crean los dioses! —reflexionaba yo—. ¡Cuánto han trabajado!» Y me quedé dormido.